Al menos, puedo estar orgulloso de la extraordinaria memoria que poseen los seres como yo.
I
Ella era bella y poderosa, altiva y perspicaz, astuta e inteligente. Yo podía verlo, podía percibir su futuro claroscuro en cada remoto ápice de mi ser. Nosotros éramos similares, porque ella no había existido aún, yo no había aprendido aún.
Se movía apenas un poco, ya sabía que la quietud y la serenidad hierática serían indispensables en su futura condición.
Parecía ajena a todo lo que sucedía a su alrededor, permanecía con los ojos cerrados y las manos pegadas al pecho, es curioso como llegaría al mundo en la misma posición en que lo abandonaría.
Y todo comenzó entonces...
~~~~~~~~~
El silencio regresó al fin en el crepúsculo y suspiré.
Me acompañó la brisa entre las cañas y la corriente del río dorado.
Me acompañó el suave chisporroteo de las velas de dulces olores y el movimiento delicado de un pequeño felino a mis pies.
Mi ser se deslizaba al compás de la pluma sobre un papel antiguo y solemne que dibujaba su nombre en una simbología extraña, pero yo sabía que aquel no era el nombre verdadero.
Su ser respiraba, y cada bocanada de aire nuevo me atraía más a ella, el imán inexistente pero tangible que nos predestinaba estaba ahí. Ella parecía sentirlo también, porque una de sus pequeñas manos asomó entre la blanca sábana de seda y se colocó sobre el corazón.
"Sí, pequeña, sé que eres fuerte"
Alabada por muchos y odiada por otros, el poder es así, provoca amor, odio y atracción. Sólo aquel que ha encontrado en sí este sentimiento sabe a qué me refiero.
Su reino sería uno de los más poderosos y brillantes durante milenios y a través de la historia. Tan magnífico y misterioso como sus gobernantes, como mi protegida recién nacida. Los dioses velaban por ella, le transmitían su fuerza a través de mí, y una enigmática belleza y saber estar que ninguna otra mujer poseería jamás.
Resulta pretencioso quizás considerar la belleza de la princesa como irremplazable e inigualable, pero los hechos que han sucedido no pueden modificar su existencia, y cierta e irrefutablemente aseguro que era muy bella.
Centré mi atención en la atmósfera que rodeaba el idílico momento que mi protegida y yo experimentábamos para observar a su madre, que descansaba sobre las sábanas arrugadas y ocres, ajena al escriba que redactaba el feliz acontecimiento y a las esclavas que comenzaban a hacerse cargo del cuidado de la reina.
Alrededor de los mortales, unas figuras comenzaban a materializarse, pero sólo yo era consciente de ello. Eran humanas, pero su cabeza poseía la forma salvaje, misteriosa y primitiva de los animales. Sin embargo, sus ojos emitían un destello constante de inteligencia y entendimiento sobre lo que es divino, sobre aquello que se encontraba superior a lo terrenal.
Sus ropajes apenas consistían en una túnica liviana para las entidades femeninas y un paño corto que dejaba a la vista el torneado torso masculino y parte de las piernas. La piel poseía un brillo frío, como la luz invernal de mediodía, sin embargo, al inclinarse sobre mi preciosa protegida, el halo que les precedía comenzó a cambiar, convirtiéndose en un recordatorio de ese brillo cálido sobre las arenas tan cercanas a mí en aquellos instantes.
Sus rostros animalizados fueron sustituidos por mejillas de alabastro y labios carmesí, por cabellos azabache y pestañas ligeras. Dioses y diosas de extrema belleza, cuyo poder y símbolos se adivinaban tras cada mirada y movimiento.
Susurraban excitados y enternecidos ante la presencia de su nueva Hija, parecían no querer perturbar su sueño con las palabras, aunque ella no podía escucharlos. Sonreí y me aparté un tanto de la cuna, para que los recién llegados apreciaran la grandeza de algo tan frágil.
Observé cómo las esclavas semidesnudas abandonaban la estancia, junto al escriba, que había finalizado su tarea. La reina suspiró, aliviada, y pude comprobar en sus rasgos el prematuro parecido con su hija.
Entonces, como en un exhalación, llegó el padre de la preciosa niña.
Sus músculos trabajados bajo el sol que iluminaba los dominios que le pertenecían por derecho resaltaban aún más bajo el pectoral decorado con piedras y gemas exultantes. Avanzaba por la habitación hacia su esposa con la solemnidad regia de quien se considera un dios en la tierra. Su rostro sumido en una máscara de seriedad ante sus súbditos, comenzó a tornarse más humano, revelando ternura y amor a la mujer tumbada sobre las sábanas, a la que acarició el rostro.
Ella habló en un murmullo, él asintió lentamente. Entonces, caminó hacia la cuna de mi pequeña princesa, provocando que las entidades espirituales se colocaran al otro lado, como un jurado ante su acusado, para observar lo que ocurría.
El rey se inclinó hacia su hija, para mirar su bello rostro dormido y tomarla en brazos, contemplando su etérea y maravillosa inocencia.
Aunque habló en un idioma nuevo, extraño y desconocido para mí, gracias a mi sobrenatural origen pude entender sus palabras:
-Bienvenida a tu hogar, mi pequeña flor de loto.
Los ojos del hombre, húmedos por la emoción, revelaban un amor sin igual a la recién nacida. Los dioses, quienes considerarían esta situación una muestra de debilidad si sucediese en público, se miraron y creí percibir un atisbo de sonrisa en sus rostros perfectos.
En aquel instante, los dioses parecieron percibir por vez primera mi presencia al girarse hacia mí, acercándose, empequeñeciendo mi fuerza de voluntad y haciendo que la posibilidad de que la tierra me tragase fuera lo mejor que pudiera ocurrir.
Sus ojos recuperaron la solemnidad inicial y, consciente de mi apariencia juvenil, tan diferente de la madurez de aquellos seres, no hice otra cosa que dirigir mi mirada al suelo.
-No debes mostrar miedo, Legna Naidraug. Tu labor es muy importante para esta nueva criatura.
De esta manera me habló el mayor de ellos.
Era fuerte y sólido como una roca, diría que brillaba más que el Sol, pero estaría equivocado, porque no se puede comparar a un ser con él mismo. Mi nombre, uno de ellos, sonaba regio en sus labios y parte de mi seguridad se vio restituida.
-Sé que no eres un deidad como nosotros, tu función en el mundo terrenal es más mortal que la nuestra, que abarca ámbitos superiores. No por ello te consideramos inferior, nuestra gratitud para con tu deber es generosa, sabemos que la princesa es tu primer estadio, pero sé que no nos defraudarás.
El dios colocó una mano sobre mi hombro y, aunque en otros momentos su calidez ardiente hubiese provocado dolor, ahora era sólo una pequeña molestia soportable:
-Cuídala bien, Legna.
Tras estas últimas palabras, Ra desapareció, llevándose consigo el resto del panteón y dejando en mi piel el contorno de un "anj".
Emocionado, mi atención regresó a la penumbra acogedora de la habitación donde el rey acababa de acostar a su hija tras besar su frente. Ahora, se encontraba junto a su esposa, susurrando palabras de amor en aquel idioma melodioso y ancestral.
Entonces, yo me acomodé junto a la cuna de mi princesa protegida, dejando que el murmullo del Nilo entre las cañas bajo la perlada luna me acompañaran en mi vigilancia de los sueños de la pequeña.
Sólo en aquel momento me permití estirar las alas, que se abrieron a mi espalda, acariciando el aire.
Legna Naidraug
Mi ser se deslizaba al compás de la pluma sobre un papel antiguo y solemne que dibujaba su nombre en una simbología extraña, pero yo sabía que aquel no era el nombre verdadero.
Su ser respiraba, y cada bocanada de aire nuevo me atraía más a ella, el imán inexistente pero tangible que nos predestinaba estaba ahí. Ella parecía sentirlo también, porque una de sus pequeñas manos asomó entre la blanca sábana de seda y se colocó sobre el corazón.
"Sí, pequeña, sé que eres fuerte"
Alabada por muchos y odiada por otros, el poder es así, provoca amor, odio y atracción. Sólo aquel que ha encontrado en sí este sentimiento sabe a qué me refiero.
Su reino sería uno de los más poderosos y brillantes durante milenios y a través de la historia. Tan magnífico y misterioso como sus gobernantes, como mi protegida recién nacida. Los dioses velaban por ella, le transmitían su fuerza a través de mí, y una enigmática belleza y saber estar que ninguna otra mujer poseería jamás.
Resulta pretencioso quizás considerar la belleza de la princesa como irremplazable e inigualable, pero los hechos que han sucedido no pueden modificar su existencia, y cierta e irrefutablemente aseguro que era muy bella.
Centré mi atención en la atmósfera que rodeaba el idílico momento que mi protegida y yo experimentábamos para observar a su madre, que descansaba sobre las sábanas arrugadas y ocres, ajena al escriba que redactaba el feliz acontecimiento y a las esclavas que comenzaban a hacerse cargo del cuidado de la reina.
Alrededor de los mortales, unas figuras comenzaban a materializarse, pero sólo yo era consciente de ello. Eran humanas, pero su cabeza poseía la forma salvaje, misteriosa y primitiva de los animales. Sin embargo, sus ojos emitían un destello constante de inteligencia y entendimiento sobre lo que es divino, sobre aquello que se encontraba superior a lo terrenal.
Sus ropajes apenas consistían en una túnica liviana para las entidades femeninas y un paño corto que dejaba a la vista el torneado torso masculino y parte de las piernas. La piel poseía un brillo frío, como la luz invernal de mediodía, sin embargo, al inclinarse sobre mi preciosa protegida, el halo que les precedía comenzó a cambiar, convirtiéndose en un recordatorio de ese brillo cálido sobre las arenas tan cercanas a mí en aquellos instantes.
Sus rostros animalizados fueron sustituidos por mejillas de alabastro y labios carmesí, por cabellos azabache y pestañas ligeras. Dioses y diosas de extrema belleza, cuyo poder y símbolos se adivinaban tras cada mirada y movimiento.
Susurraban excitados y enternecidos ante la presencia de su nueva Hija, parecían no querer perturbar su sueño con las palabras, aunque ella no podía escucharlos. Sonreí y me aparté un tanto de la cuna, para que los recién llegados apreciaran la grandeza de algo tan frágil.
Observé cómo las esclavas semidesnudas abandonaban la estancia, junto al escriba, que había finalizado su tarea. La reina suspiró, aliviada, y pude comprobar en sus rasgos el prematuro parecido con su hija.
Entonces, como en un exhalación, llegó el padre de la preciosa niña.
Sus músculos trabajados bajo el sol que iluminaba los dominios que le pertenecían por derecho resaltaban aún más bajo el pectoral decorado con piedras y gemas exultantes. Avanzaba por la habitación hacia su esposa con la solemnidad regia de quien se considera un dios en la tierra. Su rostro sumido en una máscara de seriedad ante sus súbditos, comenzó a tornarse más humano, revelando ternura y amor a la mujer tumbada sobre las sábanas, a la que acarició el rostro.
Ella habló en un murmullo, él asintió lentamente. Entonces, caminó hacia la cuna de mi pequeña princesa, provocando que las entidades espirituales se colocaran al otro lado, como un jurado ante su acusado, para observar lo que ocurría.
El rey se inclinó hacia su hija, para mirar su bello rostro dormido y tomarla en brazos, contemplando su etérea y maravillosa inocencia.
Aunque habló en un idioma nuevo, extraño y desconocido para mí, gracias a mi sobrenatural origen pude entender sus palabras:
-Bienvenida a tu hogar, mi pequeña flor de loto.
Los ojos del hombre, húmedos por la emoción, revelaban un amor sin igual a la recién nacida. Los dioses, quienes considerarían esta situación una muestra de debilidad si sucediese en público, se miraron y creí percibir un atisbo de sonrisa en sus rostros perfectos.
En aquel instante, los dioses parecieron percibir por vez primera mi presencia al girarse hacia mí, acercándose, empequeñeciendo mi fuerza de voluntad y haciendo que la posibilidad de que la tierra me tragase fuera lo mejor que pudiera ocurrir.
Sus ojos recuperaron la solemnidad inicial y, consciente de mi apariencia juvenil, tan diferente de la madurez de aquellos seres, no hice otra cosa que dirigir mi mirada al suelo.
-No debes mostrar miedo, Legna Naidraug. Tu labor es muy importante para esta nueva criatura.
De esta manera me habló el mayor de ellos.
Era fuerte y sólido como una roca, diría que brillaba más que el Sol, pero estaría equivocado, porque no se puede comparar a un ser con él mismo. Mi nombre, uno de ellos, sonaba regio en sus labios y parte de mi seguridad se vio restituida.
-Sé que no eres un deidad como nosotros, tu función en el mundo terrenal es más mortal que la nuestra, que abarca ámbitos superiores. No por ello te consideramos inferior, nuestra gratitud para con tu deber es generosa, sabemos que la princesa es tu primer estadio, pero sé que no nos defraudarás.
El dios colocó una mano sobre mi hombro y, aunque en otros momentos su calidez ardiente hubiese provocado dolor, ahora era sólo una pequeña molestia soportable:
-Cuídala bien, Legna.
Tras estas últimas palabras, Ra desapareció, llevándose consigo el resto del panteón y dejando en mi piel el contorno de un "anj".
Emocionado, mi atención regresó a la penumbra acogedora de la habitación donde el rey acababa de acostar a su hija tras besar su frente. Ahora, se encontraba junto a su esposa, susurrando palabras de amor en aquel idioma melodioso y ancestral.
Entonces, yo me acomodé junto a la cuna de mi princesa protegida, dejando que el murmullo del Nilo entre las cañas bajo la perlada luna me acompañaran en mi vigilancia de los sueños de la pequeña.
Sólo en aquel momento me permití estirar las alas, que se abrieron a mi espalda, acariciando el aire.
Legna Naidraug