II
Oigo su corazón desde aquí, la sangre corriendo por sus venas a gran velocidad. La frente con las primeras perlas de sudor y la respiración agitada.
Puede entrenar y convertirse en el mejor, pero un humano no está tallado en piedra, y el alma no es un bloque de roca dura e impenetrable. El miedo también puede hacer mella en ella.
Y no hay un miedo más fuerte que a lo desconocido. A la muerte.
Había despertado la noche anterior junto a él, bajo la cúpula celeste y abrigado al frío nocturno le había encontrado temblando. Junto a su cuerpo, otros intentaban dormir, algunos murmuraban oraciones. Sólo mi reciente protegido callaba, y se encontraba pensativo.
Ante mis ojos al mirar su rostro y ahondar en él, vislumbré la estilizada figura de una niña morena y vivaracha que alzaba sus brazos hacia una mujer de rizados cabellos largos que la miraba con ternura. Sus ropas eran telas oscuras, muy pobres, y sus rostros no poseían la pulcritud de la nobleza, pero eran bellos sin lujos ni pomposidad.
El joven sonreía, parecía reconfortado, pero su rostro cambió a una expresión más serena y tranquila, casi de adoración, siendo sustituida la imagen de la mujer con la pequeña por unos ojos morenos que parecían contener todos los universos existentes, enmarcados en una tez con pecas y unos cabellos del cobre más puro.
Una lágrima resbaló por la mejilla de mi protegido en aquel momento, y entonces intuí los fuertes lazos que le unían a esas mujeres.
-Por vosotras...
El murmullo del muchacho me devolvió al presente, encontrándome junto a otros hombres que, bajo una fortaleza fingida intentaban sujetar el escudo y la espada con entereza.
No eran más que hombres, no soldados.
Estaban allí para mantener a sus familias, no tenían deseos de conquista para la mayor gloria del imperio.
No había poder más valioso que la sonrisa de la mujer a la que aquel chico amaba.
El cielo comenzaba a teñirse de los colores del alba cuando la formación se completó con el último de los hombres, no se oía una palabra, tan sólo las respiraciones entrecortadas y el relincho de algún caballo.
El tiempo parecía haberse detenido, ni el aire se deslizaba. En los corazones de aquellos humanos resonaban aún las palabras de aliento del general, quien intentó infundirles valor y honra para sus nombres, pero nada de aquello importaba al chico. Aquellas cualidades sólo estaban al alcance de los más ricos, quienes podían preocuparse de esas nimiedades.
El muchacho sabía muy bien que aquellos que, como él, no podían permitirse el lujo de contar con comida asegurada cada día, conocían lo que es verdaderamente valioso en esta vida.
Mi humilde protegido no ansiaba estatuas ni coronas de laurel, no anhelaba el poder y la fama. En su corazón no había audacia y valor, sólo supervivencia además de la esperanza para un futuro mejor para los suyos.
A mi alrededor se extendían dos niveles en la visión; uno de ellos era el terrenal, el que mi atemorizado protegido observaba, y el otro se trataba del superior, donde miles de compañeros alados esperaban, como los mortales, el momento.
Podía ver, con pesar, cómo la mayoría de ellos perdían poco a poco su trasluz brillante, convirtiéndose en sombras desvaídas y mostrando expresiones apenadas en sus rostros.
Su misión concluía desgraciadamente en aquel terreno arenoso y áspero.
Los humanos, de diversas edades, se apiñaban unos con otros intentando buscar una mejor posición para colocarse, los escudos y las espadas de baja calidad que poseían entrechocaban en algunas ocasiones, aunque el silencio era espeso y derramaba pesar en los corazones de aquellos pobres desgraciados.
Entonces, a lo lejos divisé una humareda negra como una noche sin luna.
Mi esencia se puso alerta, ya llegaban.
La tierra comenzaba a temblar bajo los pasos del enemigo, y sólo nosotros, los protectores, oíamos el zumbido de las alas negras que sobrevolaban las cabezas de los adversarios.
Nosotros también avanzamos, muy juntos, muy unidos, humanos y ángeles.
Mi protegido temblaba y coloqué una mano en su hombro izquierdo, transmitiendo pensamientos positivos, llenando su alma con el rostro moreno de su amada. Él aferró con fuerzas las armas y yo concentré mi poder hacia el chico, cubriendo su cuerpo con mi protección, brillante y ligera.
Sin embargo, no todo residía en el muchacho, yo también debería librar una batalla.
Cada vez nos acercábamos más, miles de hombres que chocaron entre sí en el amasijo de armas y gritos furiosos. La tierra comenzaba a mancharse del color de la amapola.
Mi chico luchaba con tesón y apremio, su técnica no era mesurada ni elegante, estaba repleta de fiereza y brutalidad. Daba mandobles a izquierda y derecha, parecía poseído por un loco fervor.
Frente a mí, otro combate se llevaba a cabo; las sombras opacas que una vez fueron algo más que sombras peleaban contra los ángeles protectores.
Nosotros poseíamos armas; la fuerza de nuestro cuerpo y la agilidad de nuestra voluntad.
Un puño cerrado pasó rozándome la mejilla en aquel momento, al que siguieron algunos más que conseguí esquivar. Me lancé rápido hacia el golpe que había impactado en mi hombro, tirando del brazo atacante y haciendo que el ser en sombras acabara en el suelo. Me coloqué sobre él, clavando mis uñas en su cuello, justo en la yugular, inmovilizándolo, mientras un puñal de metal se materializaba en mi mano. Intenté apuñalar el centro del pecho de mi contrincante, que no enemigo, ya que compartíamos origen, siendo la única forma de eliminarlo.
Entonces sentí un gran dolor en las piernas, bajo la cadera, ahora eran sus manos las que herían mi esencia, mi piel.
Me aparté bruscamente y él aprovechó para alzarse en el aire y contemplar mi figura impotente desde abajo. Mis alas no se movían.
-¿No sabes pelear cara a cara?- le grité.
-No estoy acostumbrado- su voz sonó como un cristal roto- a pelear con ratas sin alas, Legna.
Nosotros, los ángeles, procuramos mantener una actitud rigurosa y solemne, incluso cuando peleamos. Intentamos que los sentimientos no nos dominen.
Pero ese comentario había calado en lo más profundo de mi ser.
Mis alas, ya sin vida.
La daga relampagueó en el aire para clavarse en el hombro de mi oponente, quien cayó al suelo, en un amasijo de hiedra, que hacía las veces de plumas, y un líquido de violento color, parecía sangre, pero todos sabemos que las criaturas como él y como yo no podemos sangrar.
Desde mi posición privilegiada, me lancé sobre el oponente y conseguí colocarme sobre él, pegando su espalda al suelo. De un tirón, extraje la daga, dejando una gran herida que ardía como si de un cráter se tratase, y le apuñalé en el centro del pecho, junto al lado del corazón, donde el alma posee su trono, donde en los humanos la vida se crea de la unión de latido y eternidad.
Me levanté del suelo, observando mi alrededor.
Mi mirada se posó en el campo de batalla, donde los nuestros hacían desfallecer en una espiral escarlata a los enemigos, quienes apenas podían resistir los embates de los humanos, apoyados por los legionarios celestiales.
Sin embargo, algunos también caían.
Un hombre anciano se desangraba a unos metros, sus ojos estaban clavados en el cielo y parecían suplicar alivio y misericordia.
Una mujer traslúcida estaba arrodillada junto a él, con la mano apoyada en la frente perlada del soldado, quien cerraba los ojos en aquel momento y una sonrisa se dibujaba en su rostro. Algún recuerdo amable habría sido el último en iluminar su conciencia antes de perder la luz para siempre.
Unos minutos después, una fina neblina comenzó a brotar del cuerpo inerte, ascendía despacio en mitad de la confusión y poco a poco, recompuso la figura del soldado caído.
Al principio parecía desorientado y asustado, pero la mujer de cabellos azabache tomó su mano y, tras mirarse a los ojos, ambos desaparecieron, camino a un lugar mejor.
La labor de un ángel guardián termina tras guiar a su protegido al lugar que le corresponde, según sus acciones en la vida terrenal. O al menos eso creen ellos.
Yo aún no lo sé con certeza porque soy joven, sólo poseo unos pocos milenios en mi recuerdo. Los que son como yo, cuidamos de nuestros protegidos un tiempo, durante toda su vida a veces, llegan a ser muy ancianos bajo nuestra atención, pero nunca he experimentado esa última fase. Normalmente he sido espectador, no protagonista.
Mi protegido también acababa de vencer a su enemigo, cuya esencia se disolvió ante mis ojos para convertirse en un alma errante. Y es que su ángel de la guarda no había sido suficientemente fuerte para protegerlo hasta el final.
En este caso, la expresión de desesperación del rostro del espíritu era desgarradora, o debería de serlo, a mí no me importaba. Para mí, era un alma más, fruto de la debilidad de un ángel que no supo realizar su tarea debidamente.
Mi joven guerrero miraba el cuerpo ya inerte de su adversario. Y se hizo más alto, más presente y brillante. Yo también sentía el relampagueo de orgullo y adrenalina que recorría su cuerpo, para ennegrecer sus ojos.
Sonreí, algo comenzaba a cambiar.
Ambos encaramos al nuevo enemigo, coordinando movimientos e intuición, fuerza y serenidad, terrenal y etéreo.
Él me transmitió su coraje, su viveza cálida, yo le proporcionaba frialdad y temple. Ciertamente estábamos conectados por ese hilo intangible que sólo lo que se encuentra más allá de lo simple puede crear.
El combate arreciaba.
Continuará...