II (continuación)
Los movimientos renqueantes y cansados de mi protegido, además de ese par de momentos en los que un compañero algo más preparado le había salvado de perder un brazo o una mano, me comenzaban a producir cierta preocupación.
Los enemigos fluían tan rápido como la sangre, y cada uno que eliminábamos, era sustituido por otro de inmediato.
Un toque de trompeta resonó en el aire, extendiéndose por la llanura carmesí y, a partes iguales, el ambiente se cubrió de alivio e inseguridad al mismo tiempo.
El valiente muchacho levantó su espada una vez más para descargarla sobre la pierna del adversario, que cayó al suelo. Su voz parecía implorar perdón al cosmos y, cuando mi protegido terminó con su agonía, decidí dejar que la criatura que lo acompañaba le ayudase a realizar ese último viaje final. Solté las muñecas de la mujer contra la que estaba luchando, de ojos blancos y cabellos grises, y observé cómo se reunía con el alma del hombre, cuyo rostros se mostraba sorprendido ante la dulce mirada de la anciana.
No todo en el enemigo está compuesto de lodo sucio y venenoso.
A veces sólo hay inocentes obligados.
Mi chico comenzó a replegarse junto a sus compañeros, los pocos que quedaba, y atravesaron la barrera que tras ellos ya comenzaba a avanzar, compuesto por soldados mejor entrenados y equipados.
Los romanos sabían lo que hacían, aunque en algunos casos fuese injusto que el ejército enemigo arremetiera en primera instancia a contra los más débiles y apenas instruidos en el arte bélico, si a esa carnicería podía llamarse arte.
Siguiendo a mi protegido, una mano tocó mi hombro, reteniéndome apenas un instante, para encontrarme con con unos ojos brillantes y una barba larga y sabia que me llenaron el alma de orgullo y dicha.
Bien hecho. No esperaba menos de ti. Gracias Ortseam, mentor, mis alas no volarán más alto que las vuestras.
Ortseam me miró con un cariño paternal, pero vislumbré la lástima en sus ojos.
No pude escoger una frase más acertada.
Con la cabeza gacha y pesar en el alma continué mi camino, encontrando a mi protegido de rodillas en el suelo. Su cuerpo aún se estremecía en náuseas.
Me acerqué a él, conmovido. Pobre, mi niño. Le acaricié el pelo con una mano, tranquilizando sus sentimientos, consolando sus recuerdos tan recientes, aquellos que no le dejarían dormir en días y que formarían parte de su vida para siempre.
Acaricié su espalda, ahí donde una espada había cortado la piel, dos líneas incandescentes bajo los omóplatos. Un ataque por la espalda, sucio y rastrero. Odio, vergüenza, dolor y empatía se unieron en mí. Sentimientos muy humanos para algo tan mínimamente terrenal.
Sí, también sentimos.
En algún momento, tal vez me decida a abrir mis recuerdos a otras mentes y cuente qué pasó para hallarme ahora casi sin identidad.
Pero ahora, algo más importante me llamaba.
No todo en el enemigo está compuesto de lodo sucio y venenoso.
A veces sólo hay inocentes obligados.
Mi chico comenzó a replegarse junto a sus compañeros, los pocos que quedaba, y atravesaron la barrera que tras ellos ya comenzaba a avanzar, compuesto por soldados mejor entrenados y equipados.
Los romanos sabían lo que hacían, aunque en algunos casos fuese injusto que el ejército enemigo arremetiera en primera instancia a contra los más débiles y apenas instruidos en el arte bélico, si a esa carnicería podía llamarse arte.
Siguiendo a mi protegido, una mano tocó mi hombro, reteniéndome apenas un instante, para encontrarme con con unos ojos brillantes y una barba larga y sabia que me llenaron el alma de orgullo y dicha.
Bien hecho. No esperaba menos de ti. Gracias Ortseam, mentor, mis alas no volarán más alto que las vuestras.
Ortseam me miró con un cariño paternal, pero vislumbré la lástima en sus ojos.
No pude escoger una frase más acertada.
Con la cabeza gacha y pesar en el alma continué mi camino, encontrando a mi protegido de rodillas en el suelo. Su cuerpo aún se estremecía en náuseas.
Me acerqué a él, conmovido. Pobre, mi niño. Le acaricié el pelo con una mano, tranquilizando sus sentimientos, consolando sus recuerdos tan recientes, aquellos que no le dejarían dormir en días y que formarían parte de su vida para siempre.
Acaricié su espalda, ahí donde una espada había cortado la piel, dos líneas incandescentes bajo los omóplatos. Un ataque por la espalda, sucio y rastrero. Odio, vergüenza, dolor y empatía se unieron en mí. Sentimientos muy humanos para algo tan mínimamente terrenal.
Sí, también sentimos.
En algún momento, tal vez me decida a abrir mis recuerdos a otras mentes y cuente qué pasó para hallarme ahora casi sin identidad.
Pero ahora, algo más importante me llamaba.
Acurruqué a mi protegido bajo mis alas, a salvo por un momento del aire viciado, lleno del olor pútrido de la guerra.
"Vamos, sé que no puedes oírme... Pero siénteme..."
Sus ojos rompieron en sollozos y sus manos arañaron el suelo.
-¡Oh, amado Júpiter, tú que reinas sobre todo y todos..! Haz que acabe.
Aquel rezo humilde y desesperado conmovió todo mi ser y abracé con más fuerza su cuerpo.
Pasamos así minutos u horas, él convaleciente, yo paciente.
Poco a poco, como compañeros, coloqué las manos bajo sus hombros y presioné hacia arriba mientras me levantaba, tocando su aura, animándola y haciéndola renacer. Vamos, arriba.
Mi castigado muchacho, con las manos sobre las rodillas, se fue elevando desde el suelo y cojeando, se dirigió al campamento.
Al encontrarse cerca del lugar donde había pasado la noche, junto a una gran roca que le había servido de abrigo contra el viento, se apoyó en ella para caer rendido en el suelo, donde durmió profundamente.
Me coloqué junto a él para cogerle de la mano y entrar en sus sueños, protegiéndole de los fantasmas de bocas y ojos contorsionados por el dolor contra los que volví a luchar para alejarlos del descanso de mi protegido. Un mundo irreal donde yo adoptaba la forma de un hombre maduro y alto que con una hoz segaba los miedos de su hijo.
Los ángeles guardianes no tenemos identidad propia, somos lo que nuestros protegidos necesiten que seamos.
Y allí, al borde de una gran batalla entre el Imperio Antiguo más fuerte, conquistador y poderoso del milenio y el resto del mundo, bajo un cielo plomizo donde el sol caía anaranjado y los dioses del Panteón movían las fichas en favor de los soldados acorazados, un grito de Victoria se elevó al firmamento.
El enemigo había caído.
Pero mi protegido no soñaba con honores y conquistas, sólo con lo que había perdido.
Legna Naidraug
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